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El poder y la autoridad de un creyente


Traducido por Belen Juarez Richter

Hace unos días, estaba hablando con un amigo mío, y terminé compartiendo lo que discutiría en este artículo.

La respuesta que él dio a lo que yo le conté fue inusual, porque lo que voy a discutir es tanto poderoso como muy malo. Así que no tengo idea de lo que aprenderás.

Eran las tres de la tarde, era la hora más calurosa del día en Jerusalén, Pedro y Juan iban subiendo las gradas para entrar al templo a la oración, cuando algo extraño sucedió: Encontraron a un hombre cojo de nacimiento pidiendo limosna.

Esto no era particularmente extraño, los enfermos y personas con distintas discapacidades eran obligadas a pedir limosnas para sobrevivir, lo extraño fue lo que sucedió después.

Lo leemos en Hechos 3:6

6 Pero Pedro le dijo: «No tengo plata ni oro, pero lo que tengo te doy: en el nombre de Jesucristo el Nazareno, ¡anda[a]!».

Y el hombre fue sanado instantáneamente. Aunque esto no fue extraño, en los tres años anteriores Jesús había estado sanando a los enfermos, echando fuera demonios y levantando a los muertos.

Lo extraño es como fue sanado. Porque es similar a una extraña sanidad que tuvo lugar en Alemania 1500 años después.

Durante los años 1500 Martín Lutero, un sacerdote católico Romano, inició la iglesia protestante debido a que la iglesia católica Romana rechazó su llamado a reformarse. Martín Lutero afirmaba que la Biblia es la autoridad final, y que el hombre era salvo por la fe en Cristo; no por la compra de indulgencias que beneficiaban a una viaja catedral en Roma.

La extraña sanidad sucedió en 1540, cuando uno de los principales trabajadores protestantes, Federico Miconio, estaba en cama, muriendo de tuberculosis. Miconio le envió a Lutero una carta para informar sobre su muerte inminente.

Lutero respondió básicamente con una oración que proclamaba la sanidad de su amigo. Después de leer la oración, Miconio fue sanado instantáneamente y sobrevivió para trabajar con Lutero.
Esta fue la extraña oración que escribió Martín Lutero:

“Yo te ordeno en el nombre de Dios que vivas, porque yo aún te necesito en el trabajo de reformar a la iglesia… El señor nunca permitirá que yo reciba la noticia de tu muerte, pero permitirá que sobrevivas por mí. Estoy orando por esto, esta es mi voluntad, y mi voluntad será cumplida, porque yo sólo busco glorificar el nombre de Dios”.

Ahora, no había ningún error en la primera línea, cuando Lutero le ordena a Miconio que viva en el nombre de Dios.

Pero nos metemos en problemas al final de esta oración, cuando Martín Lutero oró que era “su voluntad”, la voluntad de Martín Lutero que Miconio fuera sanado.

¡Qué sacrilegio! ¡Qué arrogante!

Excepto por el pequeño hecho de que el Espíritu Santo sanó a Miconio en el momento, casi suena herético.

Ahora, tan extraño como suena, esto es similar a lo que dijo Pedro. Cuando Pedro vio al hombre le dijo: “no tengo plata ni oro pero lo que tengo te doy” Y el Espíritu instantáneamente sano al cojo.
Vea que Pedro dice “lo que tengo”, porque es similar a lo que dijo Martín Lutero. “Es mi voluntad”.

Y aunque veamos las palabras de Pedro y Martín Lutero como pretenciosas, yo pienso que refleja la falta de entendimiento que la gente tiene en cuanto a su posición en Cristo.

En Lucas 9, leemos que Jesús les dio a sus discípulos autoridad y poder.

Reuniendo Jesús a los doce discípulos, les dio poder y autoridad sobre todos los demonios y para sanar enfermedades. 2 Los envió a proclamar el reino de Dios y a sanar a los enfermos. (Lucas 9:1-2 NBLA)

Sí leemos este versículo cuidadosamente, dice que Jesús les dio autoridad y poder.

Si yo te doy mi Biblia, ahora es tú Biblia, esto significa que puedes dársela a quién tú quieras.

Entonces, cuando Jesús les da autoridad y poder a sus discípulos ellos se sorprenden cuando ven lo que sucede cuando ellos oran.

Es similar a los oficiales de policía de hoy. El gobierno les ha dado autoridad para arrestar personas. Ellos no tiene que llamar a su jefe y preguntar: “¿Tengo permiso para arrestar este tipo?” Cuando ven a alguien romper la ley. Ellos ya tienen la autoridad personal para hacerlo.

Los oficiales de policía entienden cuál es su autoridad; algo que es curioso, es que los policías se entrenan en como ejercer su autoridad, incluyendo la inflexión de la voz al dar una orden o demandar atención.

Como creyentes se nos ha delegado con la autoridad del reino de Dios.

Sin embargo, necesitamos más que autoridad, también necesitamos poder, y este poder viene de ser llenos del Espíritu Santo.

Jesús hizo una extraña afirmación cuando la mujer con el flujo de sangre empujó a la multitud y toco el borde del manto de Jesús e instantáneamente fue sanada.

En el momento Jesús dijo que alguien lo había tocado.

Los discípulos se asombraron, le dijeron: “qué quieres decir con que alguien te toco, si todos en la multitud te están tocando”.

Pero Jesús replicó:

Pero Jesús dijo: «Alguien me tocó, porque me di cuenta de que había salido poder de Mí».(Lucas 8:46 NBLA)

Jesús dijo que poder de sanidad había salido de Él. La fe de esta mujer literalmente hizo salir la virtud de sanidad de Cristo.

En este momento Jesús era completamente humano. Dejó a un lado su deidad y estaba demostrando como funcionaríamos en el Reino de Dios cuando fuéramos llenos del Espíritu Santo así como Él.

Muchos de nosotros tenemos la extraña idea de que la sanidad cae del cielo. La sanidad de esta mujer no cayó del cielo, vino del Espíritu Santo que estaba en Cristo.

Y lo mismo ocurre cuando oramos por sanidad.

Cuando somos llenos del Espíritu Santo, el poder sanador de Dios está dentro de nosotros. Cuando oramos y la gente sana, la sanidad en realidad sale de nosotros, es por esto que Pedro dijo: “lo que tengo te doy, en el nombre de Jesús de Nazaret, camina”.

Pedro entendía que la autoridad y el poder del Espíritu Santo residían en él.

Pero muchos de nosotros aún estamos funcionando al nivel de los exorcistas judíos, que describe Lucas en el libro de Hechos capítulo 19, ellos estaban intentando piratear una autoridad que no era propia, y terminaron siendo golpeados.

13 Pero también algunos de los judíos, exorcistas ambulantes, trataron de invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos, diciendo: «Les ordeno que salgan, en el Nombre de Jesús a quien Pablo predica». (Hechos 19:13 NBLA)

Ellos estaban usando las palabras correctas; proclamando libertad en el nombre de Jesús, pero no funciono.

De la misma forma, podemos orar de forma elocuente en el nombre de Jesús, pero a menudo no entendemos por completo la autoridad y el poder que Cristo nos ha dado.

Si no entendemos y creemos cuál es nuestra posición en Cristo, y que hemos sido delegados del Reino de los cielos, estas palabras estarán vacías.

Yo pienso que Hebreos 4:16 describe mejor la situación cuando afirma que nos acerquemos confiadamente al trono de Dios para recibir ayuda en tiempo de necesidad.

En otras palabras, debemos actuar como que pertenecemos a ese lugar.

Cuando oremos debemos hacerlo con confianza, de forma que casi parezca arrogante.

Deberíamos orar como alguien que pertenece al lugar en dónde está el trono de Dios. A modo de conclusión me gustaría mencionar dos responsabilidades que tenemos al pertenecer allí.

Primero, necesitamos entender nuestra posición en Cristo como lo más importante, necesitamos creer que hemos recibido la autoridad. Necesitamos creer que personalmente tenemos esa autoridad. Necesitamos creer que hemos sido delegados en el Reino de los Cielos.

Segundo, necesitamos ser llenos del Espíritu Santo. Es aquí donde reside nuestro poder. Sin embargo la mayoría de nosotros piensa que ya no tiene nada que hacer, porque la responsabilidad de obrar es del Espíritu Santo. Y ¡No es asi! El Espíritu Santo quiere darte poder a ti, nuestro rol en esto es importante.

En 1 Tesalonicenses 5:19 El apóstol Pablo nos exhorta a no apagar al Espíritu Santo. En Efesios 4:30, nos dice que no entristezcamos al Espíritu Santo con el cual fuimos llenados. Entendemos por tanto que podemos apagar al Espíritu de Dios que está en nosotros.

La palabra “apagar” literalmente significa acabar con el fuego. En otras palabras, tu literalmente puedes impedir la habilidad del Espíritu Santo de sanar a través de ti. Tenemos un rol importante en la sanidad.

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